RELACIONES ENTRE CONTROL SOCIAL Y ESTRATEGIA REPRESIVA
Estudio histórico y actual del proceso en Euskal Herria
7.- CONSTANTES Y CAMBIOS EN LA ACTUAL FASE REPRESIVA:
A estas alturas, ya está suficientemente estudiado el proceso que siguió la nueva fase represiva iniciada con la UCD oficialmente en verano de 1977, y que con cambios internos continúa hasta el presente. Podemos dividir esta fase en tres subfases claramente marcadas como son, la primera y muy corta, la que dirigió la UCD y que estaba claramente agotada a comienzos de 1980, cuando ya proliferaban los rumores sobre reuniones golpistas. La estocada a esta subsfase y al sistema represivo que le corresponde, el de la UCD, fue la parodia de golpe de Estado de febrero de 1981. Durante los casi dos años que transcurren entre esta fecha y la entrada en vigor del Plan ZEN, que marca el inicio oficial del sistema represivo del PSOE y por tanto la segunda subfase, durante este tiempo, o sea hasta inmediatamente comenzado 1983, la maquinaria estatal procedió a corregir los errores anteriores y a preparar las novedades a introducir, cuando cada día era más claro que el PSOE terminaría llegando al gobierno del Estado. También se ha estudiado a fondo todo lo que implicaba el Plan ZEN y todo lo que tiene de permanente y válido en la actualidad, incluso todo lo que debe teóricamente a estrategias de manipulación y propaganda que se remontan a la Antigüedad pero que, con mejoras, siguen siendo efectivas.
Igualmente conocemos las sucesivas crisis que debilitaron el sistema represivo del PSOE incluso al poco de ser aplicado, y el apoyo que desde 1986 le brindó el PNV con los consejos ofrecido por el tétrico "Informe de los expertos", para sacarlo del pantanal en el que había caído. No podemos olvidar, tampoco, cómo según se demostraba el fracaso estrepitoso de la guerra llamada "sucia" --como si hubiera guerra de opresión limpia-- para finales de esa década y la urgente necesidad de volver a introducir nuevas mejoras que se plasmaron, entre otras, en el Pacto anti-ETA y que se multiplicaron desde comienzos de la década de 1990. Recordemos aquí, otra vez, el inestimable apoyo del PNV en todas y cada una de las mejoras y novedades introducidas y que van, grosso modo expuesto, desde el impulso al exterminio de los prisioneros, hasta las agresiones a EGIN, etc., pasando por el lazo azul, y una larga lista que no olvidamos. Pues bien, esta subfase estaba bastante desprestigiada entre la clase dominante española para comienzos de 1990, de modo de que desde entonces y para ganarse de nuevo su confianza, el PSOE fue endureciendo rápidamente su sistema represivo, introduciendo algunas de las innovaciones que luego el PP ampliaría e intensificaría.
Se puede decir que la tercera subfase se inició parcialmente antes de la llegada del PP al gobierno de Madrid, que necesitó hasta verano de 1996 para mostrar su especificidad como sistema represivo diferente al del PSOE, que en verano-invierno de 1997 mostró el grueso de sus objetivos; que en primavera y verano de 1998 parecía que arrasaba sin piedad tras haber cerrado EGIN, encarcelado a la Mesa Nacional de HB, etc. Sin embargo, en ese mismo verano sufrió un golpe mortal con el Acuerdo de Lizarra-Garazi, con la suspensión unilateral de la acción armada por parte de ETA y con todo lo que, en general, se estaba viviendo en la realidad vasca. Durante unos meses, el Estado sólo pudo y supo negarse fanáticamente a todo, mientras que presionado por los acontecimientos hacía la parodia táctica de entrevistarse con ETA, para buscar precisamente cómo golpearla mejor. No merece la pena extendernos en este período y en las razones por las que el PNV y EA se echaron para atrás y tras boicotear Lizarra-Garazi, abortaron todo el proceso. Esto dio un respiro vital al Estado que se recuperó de inmediato y pasó a la contraofensiva pública desde verano-otoño de 1999 asistimos a la cuarta subfase de la fase represiva iniciada oficialmente en verano de 1977 con la victoria electoral de la UCD.
Antes de seguir, conviene no extrañarse por las tardanzas del Estado en pasar de un sistema represivo a otro, porque hacerlo así no es tarea muy simple ya que requiere de medidas más o menos profundas que no podemos exponer ahora. Y tampoco tenemos que extrañarnos que la tercera subfase estuviera a caballo del PSOE y del PP porque lo decisivo en los sistemas represivos es el aparato de Estado y todas sus ramificaciones en los subsistemas analizados, y lo secundario --dentro de su innegable importancia-- es qué partido político controla el Gobierno y sólo a una parte del aparato de Estado, y es que tenía y tiene razón quien dijo que "los gobiernos pasan, la policía permanece". De todos modos, el que públicamente no se conociera lo básico de la nueva estrategia, sí es verdad que desde el mismo día del acuerdo de Lizarra-Garazi el sistema represivo aún vigente lanzó todos sus subsistemas --control, vigilancia, policía y propaganda-- contra varios frentes, entre los que destacamos, además de la propia izquierda abertzale, también el interior del PNV y sobre todo sus sectores más regionalistas, adinerados y unidos por intereses clasistas al capitalismo español, sin olvidar el esfuerzo político-propagandístico destinado a evitar el acercamiento hacia la identidad vasca o siquiera hacia los derechos democráticos elementales de Euskal Herria de la importante franja social que fluctúa entre los restos decrecientes de la cultura estatal que heredaron de sus padres emigrantes y que fluctúan entre dos identidades.
Para hacernos una idea precisa del cambio producido en verano de 1999, dentro de la permanencia histórica de la ocupación, como decíamos antes, hay que recordar cuáles eran las características del sistema represivo que había iniciado el PSOE a mediados de los noventa y que sólo duró hasta Lizarra-Garazi: primera, potenciar el españolismo más fanático; segunda, potenciar la militancia antieuskaldun que no sólo antiabertzale de todos los estamentos intelectuales, culturales, periodísticos, educativos, eclesiásticos, etc., con alguna ideología españolista y reaccionaria susceptible de ser orientada en esa dirección; tercera, llevar el autoritarismo a los rincones más "íntimos" de la cotidaneidad, allí en donde los controles sociales actúan más reacciona e impunemente para multiplicar y ayudar a las presiones represivas contra todo aquél que de algún modo u otro se oponga a la ocupación; cuarta, legitimar la impunidad de las fuerzas represivas para que hagan lo quieran; quinta, "completar" el código penal para que todo sea punible con condenas durísimas; sexta, sostener que hay derechos colectivos no aplicables a Euskal Herria, como el de libre autodeterminación, y otros más; y séptimo, imponer el miedo social al Estado y activar la carga y reserva reaccionaria que dormita en la base irracional de la estructura psíquica de masas.
A simple vista puede parecer que lo único que ha ocurrido en este año y medio transcurrido es que sólo se han añadido ataques nuevos además de endurecer los anteriores y desarrollar las características citadas. Por ejemplo, una característica esencial del permanente sistema represivo español que Cánovas del Castillo perfeccionó, es la manipulación mediática; constante ya practica con sus medios de entonces por los cronistas greco-romanos, godos, visigodos, francos y musulmanes..., constante que el franquismo mantuvo y que la UCD intentó adaptar a las condiciones de la época, que el PSOE reforzó teóricamente en su Plan ZEN y sus "mentiras creíbles", que luego el PP generalizó masivamente; esta característica se mantiene y ahora, aunque también con el PSOE, podemos decir que el PP ha superado a G. Orwell y sus célebres "Dos Minutos de Odio" que se emitían todos los días en los noticiarios y que cada determinado tiempo era reforzado con la "Semana del Odio". Pues bien, el que ahora padezcamos el "Odio Permanente" no es sólo un aumento cuantitativo de la agresión mediática y de la guerra psicológica permanente, pues la innovación cualitativa en el subsistema propagandístico a raíz de verano de 1999 radica en que todo su comportamiento está guiado sin tapujos hacia la rápida "reconquista del norte". El subsistema propagandístico es así condicionado totalmente porque el objetivo que impone el sistema represivo que lo engloba así lo ha decidido. Y en cuando decisión sistémica, estratégica, también son condicionados los restantes subsistemas.
La "reconquista del norte" es inseparable de la "solución final", prácticamente son lo mismo aunque la segunda hace hincapié en el exterminio de la izquierda abertzale e independentista y en la derrota irrecuperable de las fuerzas nacionalistas restantes, de modo que no puede asegurarse la victoria de la primera sin la consecución de la segunda. La explícita definición del objetivo estratégico que tanto nos recuerda a Cánovas, sobre todo en el ataque inmisericorde al euskara, etc., se sustenta en lo cualitativo del nuevo sistema represivo introducido desde verano de 1999 cuyos ejes más representativos son: uno, dar por finalizada la doctrina de guerra de contrainsurgencia de baja intensidad, que era el paradigma de todas las estrategias del PSOE y del PNV; dos, superar el nacionalismo español y pasar al imperialismo puro y duro, que desprecia cualquier derecho de los pueblos ocupados y, tres, utilizar sin tapujos todos los instrumentos, recursos y fuerzas existentes para acelerar la victoria de la "reconquista del norte". Como vamos a ver, todos y cada uno de estos pasos afectan a los cuatro subsistemas del sistema represivo.
La doctrina de guerra de contrainsurgencia de baja intensidad fue elaborada básicamente por los EEUU tras las derrotas que sufrieron en muchos países, y también tuvo sus campos de experimentación práctica en Irlanda y en otras partes del planeta. De ahí fue enseñada al PSOE que la empezó a aplicar con el Plan ZEN a comienzos de 1983, y que fue sucesivamente reformada y mejorada para salir de los atolladeros en los que la había metido la izquierda abertzale. Podemos sintetizar esta doctrina, tal cual se aplicó en Hegoalde, con los siguientes puntos: separar formal y legalmente la represión de la apariencia de normalidad, de "situación democrática"; convencer que la represión sólo se aplica a la "minoría violenta" y que la "mayoría pacífica" no tiene nada que temer; aplicar contra esa "minoría", desde la invisibilidad que otorga esa separación, todos los recursos del Estado, desde los "limpios" hasta lo "sucios"; lograr que los sectores políticos más representativos de la "mayoría" del país oprimido apoyen directa o indirectamente a la "constitución democrática"; aplicar algunas tácticas de "perdón", "compresión", "magnanimidad", etc., para los "violentos" que se arrepientan y deserten de la lucha; intentar utilizar en estos trucos incluso partes de la cultura vasca y del euskara, y, por no extendernos, mantener la ficción de que el Estado podría plantearse, en determinadas condiciones, la posibilidad de un "diálogo con los violentos". Los puntos que implicaban siquiera formalmente algo de integración social, comprensión hacia lo vasco y diálogo con la "minoría violenta", se fueron paulatinamente abandonado mientras que se reforzaron los represivos y abiertamente españolistas.
Aunque el PP advirtió de muchos modos desde siempre que procedería de otra manera, sin embargo, los factores retardatarios que hemos analizado le impidieron dar rienda suelta a su estrategia. Pudo empezar por lo bajo cuando los poderes fácticos le exigieron extrema dureza nada más conocerse el Acuerdo de Lizarra-Garazi, y sí pudo hacerlo ya abiertamente cuando el PNV se echó atrás y rompió los acuerdos democráticos con la izquierda abertzale. Por la brecha abierta en el frente vasco penetró el contraataque español que ya no quería, como antes, con el PSOE, negociar en Vascongadas otro reparto del gobiernillo con el PNV, y en Nafarroa mantener la ficción de tolerancia para con "la parte vasca", sino romper al PNV en varios trozos y echarlo del gobiernillo vascongado y reinstaurar inmediatamente la españolidad en Nafarroa. Naturalmente, acceder al gobiernillo de Gasteiz era y es un paso decisivo para, en primer lugar, exterminar a la izquierda abertzale; en segundo lugar, hundir al PNV y en tercer lugar, reespañolizar vascongadas rápida y brutalmente.
Uno de los puntos básicos de la doctrina de guerra de baja intensidad era el de que las fuerzas ocupantes no deben aparecer ante el pueblo ocupado como abierta y odiosamente extranjeras, sino como "aliados" e incluso, a poder ser, como "compatriotas". En Hegoalde, incluso la UCD intentó lavar la imagen de las fuerzas represivas y uno de los objetivos de la concesión de la Ertzaintza y del Estatuto vascongado fue ese, junto al de lograr el colaboracionismo de la pequeña y mediana burguesía, mientras que en Nafarroa no hizo falta ni eso entre otras cosas porque ese bloque social apostó mayoritariamente por Madrid y el PSOE traicionó su práctica anterior. Incluso, en algunos momentos iniciales el PSOE vascongado, sobre cuando estaba preparando tragarse a los restos de EE, intentó lavar la imagen de las fuerzas españolas, pero sin ningún convencimiento sino al contrario. Basta leer el Plan ZEN para darse cuenta de ello, y las críticas y consejos del PNV en su "Informe de los Expertos" vuelve a incidir en esa cuestión clave. La importancia crucial de este asunto radica en que, en un contexto histórico de opresión, lo militar simboliza lo peor del opresor. El pueblo oprimido ha interiorizado tan profundamente que la inseparabilidad entre el nacionalismo opresor y sus fuerzas militares que es imposible separarlos. La alianza entre el PSOE y el PNV en Vascongadas se sustentaba, entre otros intereses mutuos, en intentar dar una imagen menos "española" del conjunto de fuerzas represivas actuantes en este territorio.
Pues bien, el PP ha abandonado esta estrategia y ha pasado no sólo a defender la españolidad eterna y racial de las fuerzas represivas y de todos los instrumentos del Estado, sino sobre todo proceder a extender a toda la sociedad vasca esa españolidad. Ahora bien, no es la españolidad que se disfraza bajo el engaño del "patriotismo constitucional", como dicen muchos intelectuales cercanos al PSOE, sino del nacionalismo más imperialista, es decir, el que niega abiertamente que exista una identidad vasca en cuanto tal e impone la españolidad de los habitantes "del norte". Se trata de la típica imposición de una identidad extranjera a todo un pueblo mediante el expeditivo método de negar que exista en cuanto tal y de afirmar que son "hijos descarriados de la madre patria española". Lógicamente, desde esta perspectiva es necesario y moralmente justo y bueno borrar toda la historia que no "demuestre" la "esencia española" de los vascos. También es necesario reeducar en esa "esencia" a la infancia y juventud, expurgar la educación y la universidad, la prensa y cualquier institución u organismo de toda remota referencia a la especificidad vasca.
Por último, semejante cambio drástico en el sistema represivo exige que todos los partidos españoles e instituciones estatales se pongan a trabajar al unísono, sin fisuras. No puede ser de otro modo, y en realidad, en los anteriores cambios de sistema represivo ha sucedido otro tanto. El reciente pacto entre el PP y el PSOE es, desde esta perspectiva histórica, una repetición en la actualidad de la típica disciplina que impone el Estado a todas sus fuerzas, y no supone esencialmente nada nuevo pues recordemos que, sin retroceder mucho, el PSOE y AP dieron el apoyo incondicional a UCD; que AP y la rota UCD dieron apoyo incondicional al PSOE y que lo primero que hizo el PSOE cuando el PP ganó las elecciones a comienzos de 1996 fue asegurarle el apoyo incondicional en la "lucha antiterrorista". Se trata, insistimos, de la mezcla de dos obligaciones como son, una, la disciplina de Estado de los partidos de la oposición cuando se trata de cuestiones básicas para la pervivencia estatal y, otra, el que esos partidos son españoles con ideología española más o menos imperialista. Ambas razones se unifican en la práctica diaria ya que todos tienen los mismos "intereses nacionales". Recordemos, por ejemplo, el comportamiento de Partido Comunista Francés en la guerra imperialista contra Vietnam y sobre todo contra Argelia.
Sin embargo, la diferencia actual con respecto a los casos anteriores radica en que ahora la disciplina de funcionamiento impuesta por la centralidad estatal, y aceptada incluso antes por los partidos y sindicatos españoles, y por otras organizaciones, no busca los objetivos estratégicos anteriores, desde la UCD hasta el PSOE, sino otro cualitativamente diferente como es el de la "reconquista del norte". Esta diferencia es la que marca la importancia del pacto entre el PP y el PSOE ya que desde el nuevo sistema represivo no hay cabida alguna para compromisos con el PNV en Vascongadas y para medias tintas en Nafarroa con "la injerencia vasca". La innovación que introduce el pacto consiste, en suma, en que lleva la invasión hasta los últimos rincones de la cotidianeidad social, como veremos, y no sólo a las áreas institucionales. La firma del pacto por la patronal española confirma, si hacía falta más, que es una cuestión no sólo de Estado sino sobre todo del capitalismo en el Estado. Recordemos que cuando se firmó el Pacto anti-ETA --oficialmente denominado "Pacto de Ajuriaenea"-- firmado entonces por todas las fuerzas, aunque más adelante lo abandonaría EA, el objetivo no era la directa y explícita "reconquista del norte" como ahora.
Precisamente este objetivo cualitativo --"reconquista del norte"-- del nuevo sistema represivo nos exige introducir en el análisis todo lo relacionado con la memoria militar y de autodefensa nacional pues, y esta es una de las tesis fuertes de este texto aunque ahora no se puede profundizar en ella ni explicarla, si ya es en sí mismo imposible separar en la teoría general y abstracta del sistema represivo y de sus subsistemas internos, el problema de las luchas y resistencias de las masas, naciones y mujeres, además de otros colectivos; si esta separación es un error teórico imposible de justificar excepto desde la perspectiva del poder establecido, aún más lo es cuando en un análisis concreto e histórico-particular ese sistema represivo interviene contra una nación que ha resistido militarmente a las sucesivas invasiones exteriores y cuya historia interna está repleta de luchas sociales ásperas y hasta violentas. Que este es el caso de Euskal Herria no merece la pena decirlo, y que la historia de los estados español y francés en lo que toca a Euskal Herria es la de acelerar su desnacionalización como requisito para permanentizar la ocupación, tampoco.
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